Hoy alguien necesita abrigo

Muchos a nuestro alrededor sufren frío por dentro y con muy poco puedes dar calor. Mira a tu alrededor y ayuda a quien hoy necesita abrigo.

Llegó mayo, pero no vino solo: llegó con una ola polar que pocos esperábamos. El clima parecía darnos un tiempo más para disfrutar del calor, pero, tras algunos días de lluvia, el frío se hizo presente.

¡Ya llevamos cinco meses de este año 2026! Como de costumbre —o, mejor dicho, para no perderla— me detuve a observar mi alrededor. Camino a la Feria del Libro para ayudar en uno de los stands de la Iglesia, miraba por la ventanilla. Más allá del tumulto de autos en la avenida, aparecían los bulevares: árboles a los costados, una vereda en el medio y algunos bancos.

A lo largo de varias cuadras vi distintas escenas, algunas más llamativas que otras. Pero hubo una que marcó mi tarde. Un hombre, que parecía vivir en la calle, se acercó a otro que estaba recostado en un banco, cubierto con varias frazadas. Se detuvo y, con cuidado, le acomodó las mantas.

Me habría encantado detener el auto y capturar ese momento en una foto, pero quedó grabado en mi memoria.

Esa imagen me llevó a mi adolescencia, cuando mi mamá pasaba cada noche por mi cuarto, me daba un abrazo, un beso, y arreglaba las frazadas para que no tuviera frío. Guardo un profundo agradecimiento por esos gestos simples y únicos.

Y entonces me pregunté: ¿Cuántas veces necesitamos que alguien nos arrope? ¿Cuántas veces vimos a alguien que necesitaba ese abrigo?

Pero no hablo solo de acomodar frazadas. Voy un poco más allá. Esa escena me recordó una estrofa del himno “Señor, yo te seguiré” (N.º 138):

“Quiero a mi hermano dar,
sinceramente y con bondad,
el consuelo que añora
y aliviar su soledad”.

Muchas veces no sabemos qué está añorando el otro, pero sin duda todos necesitamos, en algún aspecto de nuestras vidas, ser “arropados”: sentir que alguien nos cuida, nos sostiene y nos ayuda a no perder el abrigo.

Este pensamiento me llevó a reflexionar sobre la ministración: ese acto de acompañar y cuidar a quienes nos rodean, ya sea a los que tenemos asignados o a cualquiera que esté solo. Vivimos en una época acelerada, donde un mensaje o una videollamada acortan distancias, pero no siempre alcanzan para brindar el calor humano que el otro necesita.

Cuando estemos cerca de alguien que no conocemos, podemos recordar el consejo que recibió el presidente Henry B. Eyring:  “Cuando conozcas a alguien, trátalo como si tuviera graves problemas, y acertarás más del cincuenta por ciento de las veces” (Conferencia General, octubre de 2018).

Tal vez muchas veces estemos “arropando” a alguien sin siquiera darnos cuenta. Porque, en realidad, arropar a otro es más simple de lo que imaginamos. A veces basta con escuchar con atención y empatía. Preguntar “¿Cómo estás?” o “¿Cómo van tus cosas?” con genuino interés puede hacer una gran diferencia. Un abrazo cálido, cuando sobran las palabras, puede ser un verdadero bálsamo para el corazón.

El Salvador dedicó gran parte de Su vida a hacer exactamente eso: “arropar” a quienes lo rodeaban. Seguirlo implica, quizá, aprender a hacer lo mismo. Si estamos atentos, podemos convertirnos en Sus manos aquí en la tierra. Incluso en medio de nuestra rutina, es posible percibir a alguien cercano que esté librando una batalla silenciosa.

Jesus nos cuida y ministra

Tal vez ese compañero que siempre sonríe y hoy no lo hace. O esa hermana que ya no habla como antes. Nunca sabemos a quién se le está “cayendo el abrigo”.

Por eso, antes de seguir de largo, aprendamos a mirar con más calma, a detenernos, a escuchar y a ser un poco más amables. Porque ya hay suficiente frío afuera como para que también lo haya dentro de nosotros.

Y hay algo más, no menos importante: dejarnos arropar.

¿Cuántas veces respondemos con evasivas, escondiendo lo que sentimos, por orgullo o por creer que debemos poder solos? A veces rechazamos la oportunidad de ser ayudados, incluso en gestos simples como un abrazo, un mate o una sonrisa. Sin darnos cuenta, levantamos barreras que también nos alejan de la ayuda que el Salvador desea ofrecernos a través de los demás.

Recuerdo Sus palabras:
Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Aunque no lo pidamos, entre bocinas y agendas recargadas, todos agradecemos sentir que alguien se acerca a acomodarnos las frazadas para que no tengamos frío.

Mientras me acomodo el abrigo y me pongo la bufanda —ya estoy llegando a la feria—, quiero invitarte a que estés atento: quizás haya frazadas cayéndose a tu alrededor. Y también, que te permitas que alguien acomode las tuyas.